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¿Cuál es el momento más importante de tu jornada laboral?


Puede que no te lo hayas planteado nunca antes, así que te invito a que reflexiones un instante y encuentres tu respuesta a esa pregunta, considerándola enmarcada en el ámbito de tu productividad, es decir, en el de los resultados que quieres conseguir.
¿No crees que se trata de una pregunta relevante? ¿No te gustaría saber cuál es ese momento del día para, tal vez, poder enfocarte en él y maximizarlo o, simplemente, disfrutarlo y saborearlo?
Tómate una pausa ahora. Encuentra tu respuesta y, antes de continuar leyendo, escríbela en una hoja de papel. Es importante que la escribas y, también, que estés convencido con tu respuesta […]
¿Existe una sola respuesta correcta?
¡Claro que no!
Cuando hago esta pregunta a los participantes en los talleres de Gestión Eficaz de Acciones la respuesta es siempre variada, aunque la que más se repite es: No se.
¿No te parece sorprendente una respuesta tan imprecisa para una pregunta que incluye las palabras “más importante” y “para ti”?
Cuando insisto a los que “no saben” para que encuentren su respuesta, la mayoría terminan afirmando algo como “no soy capaz de identificar un momento especial e importante”.
¿Qué significa “no tengo un momento diario más importante”?
Cuando facilito a los participantes que analicen esa respuesta es bastante usual que concluyan tomando consciencia de su reactividad. Sus relatos les describen, prácticamente, como unos aventureros.
Sí. El individuo va a trabajar. La nueva jornada que ahora empieza es la Aventura de hoy . Nuestro individuo no dispone de un guión, sino que forma parte del guión de otros. Su papel en la película parece secundario. Acepta encontrarse a merced de los eventos que se van presentando delante de él.
Reacciona frente a los estímulos que llaman su atención. A veces es la reunión que alguien convoca con cinco minutos de antelación, otras las demandas de su jefe u otros compañeros y, siempre, el móvil y el correo-e que no cesan de traer una enorme variedad eventos que requieren, o parecen requerir, su atención inmediata.
No habría nada que objetar si nuestro amigo trabajara en el departamento de Atención al Cliente, pero es que trabaja en Ventas, Marketing, Financiero, Legal, IT…
El “aventurero” termina confesando su cansancio y, sobre todo, su impotencia . Hubo un tiempo en que intentó escribirse un guión pero no pudo seguirlo. Se siente desbordado, agobiado y estresado. Ir a trabajar ya no es atractivo. Tampoco lo es el momento en que suena el despertador por la mañana, ni el domingo por la tarde que anticipa la llegada del peor día de la semana…
Se siente víctima del “sistema” e impotente para modificar nada.
¿Qué opciones tienes cuando sabes que no sabes?
Ahora sabes que lo que te ha ayudado a llegar hasta donde has llegado ya no es suficiente y necesitas algo nuevo.
Cuando tomas conciencia de esa situación aparece la oportunidad de aprender, desaprender y reaprender.
Cuando observas que tu actitud reactiva y ‘victimista’ es, precisamente, la generadora de toda una colección de comportamientos poco productivos que sólo te permiten sobrevivir hasta el viernes y que tu vida laboral carece de la necesaria pasión movilizadora que conduce a la involucración y a la satisfacción laboral plena, es en ese momento cuando recuerdas que existe el otro sendero: la proactividad.Cambiar la realidad que no te satisface es ahora una solución posible y a tu alcance. Con ella puedes adelantarte a los eventos, generando – tu mismo – los eventos que cambiarán tu realidad. Puedes generar futuro cuando, proactivamente, declaras, diseñas, planificas y ejecutas las Acciones que te aproximan a tus objetivos.
Proactividad es… tu Agenda
El momento más importante de tu jornada laboral son esos quince últimos minutos del día, justo antes de irte a tu casa, en los que abres tu Agenda y realizas dos tareas: revisión y planificación.
Los primeros tres minutos los empleas en reconocerte y felicitarte detalladamente por las tareas planificadas y ejecutadas, que constituyen los micrologros que has conseguido en la jornada a punto de finalizar y, también, en identificar las causas precisas por las que no has podido ejecutar alguna de ellas y, así, aprender para que no vuelvan a repetirse.
Los doce minutos restantes los dedicas a planificar tu Agenda con las Acciones que vas a ejecutar mañana, asegurando que hay una generosa proporción de tareas “importantes”, que como ya sabes son las que añaden valor, es decir, que contribuyen significativamente a la cuenta de explotación, sea cual fuera tu posición y función en el organigrama organizacional. Después de eso sólo necesitas comprometerte a ejecutarlas mañana.
Recuerda que no te pagan para intentar, sino para conseguir . Así que asegúrate de que lo que escribes en tu agenda puedes ejecutarlo. Si no estás seguro no lo escribas: no planifiques tu propia frustración o fracaso. Elige planificar tu satisfacción y tu éxito… y no dejes de celebrarlo cada vez que lo consigas.
Tu productividad, es decir, tus resultados dependen de las Acciones que ejecutas. Cuando priorizas las Acciones que vas a realizar mañana estás seleccionando los resultados que vas a conseguir mañana . ¿Crees que puede haber otro momento más importante – y decisivo – que ése?
¡Deja de ir a tu empresa a trabajar. Ve sólo a conseguir!
…y, entonces, observa cómo te sientes cuando suena el despertador…
“Los analfabetos del siglo XXI no son los que no saben leer, sino aquellos que no saben aprender, desaprender y reaprender”- Alvin Toffler

Elimina de tu vocabulario las afirmaciones negativas – Píldoras de Productividad Personal (PPPs)


Lo que decimos influye en nuestro pensamiento y, finalmente, en nuestras acciones. Y recuerda que nuestras acciones determinan nuestros resultados. Sí, el lenguaje no es inocente.

Observa tu lenguaje y date una colleja mental, o real, cada vez te descubras diciendo, o diciéndote, frases negativas y autodestructivas, como “no soy capaz de ir al gimnasio ni un día a la semana”, “ya es muy tarde para empezar las clases de inglés” o “desearía no tener que hablar en público”.

Esas expresiones o diálogos internos son auto-limitadoras y con la repetición se convierten en profecías de seguro cumplimiento.

En algún momento decidiste ir dos veces a la semana al gimnasio y no lo has conseguido. Te reprochas ese fracaso repetidamente. Te falta voluntad, organización… Te sientes mal por ello. A tu ego no le gusta esta situación en la que sale malparado y, además, tampoco mantener asuntos “abiertos”, necesita cerrarlos…resolverlos. Así que te planteas dos opciones.

Resolver definitivamente ir esta tarde o aceptar tu fracaso. Como, al parecer, tu autoconfianza está en un nivel muy bajo elijes “cerrar” con un “no soy capaz…”. Esta opción también es tranquilizadora – no soy capaz, esa es la explicación. ¿Cómo voy a ir si no soy capaz?

Acción
Como todavía no estás preparado para el gran cambio, que sería decidir ir esta tarde, elije hacer un cambio pequeño en tu lenguaje para hacerlo positivo, como “soy capaz de ir dos veces por semana al gimnasio, pero elijo no ir esta semana”.

El resultado es el mismo, no vas. Pero, ahora, te escuchas decir una afirmación positiva muy poderosa que incluye: “soy capaz” y “elijo”. Tu ego no se sentirá atacado y maltrecho. Y tus opciones están abiertas, podrás elegir ir otra semana.

¿Es ésta una forma de auto-engaño? No lo creo. Tu eres capaz de ir al gimnasio, posiblemente lo hayas hecho alguna vez antes. Lo que sucede es muy simple, estás dando prioridad, tal vez inconscientemente, a otras acciones. Eres tú el que ha elegido. Sigues teniendo el poder de decidir. Podrías decir NO a esas acciones pero has elegido no hacerlo. No es una cuestión de capacidad sino de elección.

Un pequeño cambio en tu lenguaje, como ése, te servirá para robustecer tu poder personal y, a partir de él, te resultará más sencillo tomar la decisión que se te resistía.

Conseguirás realizar tus objetivos y, de esa forma, incrementar tu productividad.

¿Cómo superar el sentimiento de fracaso profesional?


Derrotado ante el fracaso laboral...

Es frecuente observar cómo al final de una dura jornada de trabajo, aquellos entusiastas trabajadores que empiezan su día a tempranas horas de la mañana, al regresar a sus casas claramente reflejan en sus rostros cierta satisfacción por lo conseguido en el día, mientras que otros lastimosamente no pueden ocultar un cierto aire de frustración que no implica el que no hayan sudado la camiseta, pero que expresa claramente que algo no se consiguió. Esa frustración pude deberse bien a un fracaso profesional concreto o bien a un desajuste entre las expectativas laborales y la realidad que nosotros percibimos que nos conduce a un bucle de experiencias insatisfactorias, sentimientos no placenteros y consecuencias negativas de diversa índole que si no somos capaces de detectar y reconducir a tiempo es imposible que podamos solucionar.

Para muchas personas el trabajo, no es sólo una fuente de ingresos sino que aporta sentido a nuestras vidas. En estos casos cuando se pone toda la ilusión, devoción y esfuerzo en un trabajo o proyecto, se puede producir una importante frustración cuando las causas que motivaron esa ilusión fallan o desaparecen. Cuando pasamos por este duro trago la primera idea que se nos viene a la mente es renunciar, dejarlo todo y abandonar, pero antes de tomar una decisión de esta magnitud debemos pensar que no se puede renunciar cada vez que sentimos que el trabajo no está llenando nuestras expectativas y que “el auténtico fracaso en la vida consiste en rendirse”.

Venirse abajo al no obtener los resultados esperados hace que muchos caigamos en la desesperación. En estas situaciones quizá nos descubrimos quejándonos y observando en nuestro interior ese murmullo, ese gemido, ese lamento que crece y crece aunque no lo queramos. Y vemos que cuanto más nos refugiamos en él, peor nos sentimos; cuanto más lo analizamos, más razones aparecen para seguir quejándonos y cuanto más profundamente entramos en esas razones, más complicadas se vuelven. Quejarse es muchas veces contraproducente ya que cuando nos lamentamos de algo con la esperanza de inspirar pena y así recibir una satisfacción, el resultado es con frecuencia lo contrario de lo que intentamos conseguir. La queja habitual conduce a más rechazo, pues es agotador trabajar con alguien que tiende al victimismo, o que en todo ve desaires o menosprecios, o que espera de los demás o de la vida en general lo que de ordinario no se puede exigir.

En lugar de lamentarnos plantearse nuevas estrategias, experimentar, no dejarse avasallar y ser constante en los objetivos, deben convertirse en las armas fundamentales para afrontar el fracaso. El truco no está en evitar caer, sino en tener la convicción necesaria para volver a levantarse . Así, el fracaso aunque no lo parezca nos hace poner los pies en la tierra, hace que se caigan las vendas de los ojos, y nos ayuda a conocernos mejor. El fracaso también nos hace ser más humildes, nos ayuda a reconocer que no estamos en posesión de toda la verdad, a pedir consejo y a valorar lo que tenemos. Lo malo del fracaso no es tenerlo, sino tenerlo y no aprovecharse de él; no verlo como un reto, una oportunidad. Ante todo cuando las cosas salen mal es esencial no torturarse y aceptar lo sucedido como una experiencia más. Es necesario comprender que en la vida habrá cosas que salen bien y otras que salen no tan bien o que salen mal por lo que no compensa dejarse llevar por los impulsos y pensamientos negativos experimentados en esos momentos. Cometer errores y asumirlos es indispensable para ser capaces de hacer frente a las insatisfacciones y digerirlas sin darles más importancia de la que tienen.

Hay por tanto básicamente dos maneras de tratar un fracaso profesional del tipo que sea. La primera consistente en asumir la propia culpa y sacar las conclusiones que pueden llevarnos a aprender de ese tropiezo y la segunda es buscar desesperadamente responsables de nuestra propia desgracia y adoptar el victimismo como estrategia. De la primera forma, podemos adquirir experiencia para superar ese fracaso pero con la segunda, nos predisponemos a volver a caer fácilmente en el fracaso, volviendo a culpar a otros y eludiendo un sano examen de nuestras responsabilidades. Cuando tendemos a pensar que casi nunca somos los culpables de los fracasos, entramos en una espiral de difícil salida, un círculo vicioso que nos sumerge en el conformismo de la queja recurrente, en la que nos encerramos a cal y canto.

Todo esto no es nada nuevo. Todos sabemos la teoría, lo difícil es saber cómo ponerla en práctica. Conozco esta dificultad por propia experiencia.
Saludos,
Mario Naranjo

Puedes seguir las intervenciones de Mario Naranjo en la red profesional española de RRHH en http://redsocial.rrhhmagazine.com

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