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Posts Tagged ‘transición de carrera’

Se rompió el techo


En este post os contaré una historia real de una persona que, a través de su constancia, esfuerzo, humildad e ilusión por su trabajo, aprendió cuáles eran las claves para ser un buen jefe, cumpliendo así con los vaticinios de los Manuales para el Desarrollo que preconizan la recompensa al esfuerzo bien dirigido.


Acababa de cumplir los 18 años con el título de Maestro Industrial recién conseguido. Ya tenía un puesto reservado en la misma empresa que su padre. Entonces, hace cuarenta y siete años, las cosas se hacían de otra manera, y aquel hombre, con bastante veteranía y profesionalidad en su oficio de operario electricista, hizo valer el expediente impoluto para solicitar el ingreso de su hijo. Se lo concedieron en función de los méritos por su “demostrada fidelidad a la empresa”.

Pedro había sido educado en el sentido del deber y en la disciplina, en el respeto a los mayores y en la satisfacción por el trabajo bien hecho. Quería más. Quería superar barreras y aspiraba a saltar el listón que había dejado su abuelo en la familia: jefe de estación en un pueblo de más de 50.000 habitantes. El padre no le apoyó. Con saber que su hijo estaba bien colocado, sólo le pedía un buen comportamiento para ostentar una “excelente hoja de servicios”. Y Pedro llevaba lo suyo en silencio.

Después del servicio militar, la empresa lo esperaba para continuar en su puesto de ayudante, y estaba señalado para ser oficial en menos de seis meses. Pero se atrevió a entrar en el despacho del jefe técnico y le solicitó un traslado a la capital para poder cursar estudios universitarios. Su padre se enteró cuando lo tenía concedido.

Concilió trabajo y carrera durante más de seis años, pasando frío en las noches de invierno, soportando las oscilaciones de una bombilla agónica tapado con una manta raída que le dejaba la dueña de la pensión. Tuvo su recompensa. En cuanto presentó el título en las dependencias de Personal, le propusieron un puesto de jefe de sector, algo alejado de su residencia, pero aceptó esperando que no fuera para siempre.

Comenzó a trabajar duro y firme. Le costó hacerse con el respeto de los operarios a su cargo. Lo consiguió a base de humildad y constancia; humildad para entender que ellos sabían más que él; constancia para aprender cada día cómo ser un buen jefe.

Siguió preparándose, cursó estudios por correspondencia, solicitó consejo en la oficina de Personal, escuchó a los veteranos y se preocupó de que los resultados de su sector mejoraran año a año. Como sus jefes lo sintieron pionero en aplicar nuevas formas de gestión, lo incluyeron en comisiones de trabajo que le obligaron a viajar asiduamente a la sede central, a preparar informes que cumplimentaba ansioso por demostrar su valía, a ocupar su tiempo libre haciendo cálculos y más cálculos que exponía cada semana ante los altos directivos.

Lo nombraron jefe de brigada en uno de los equipos de la capital. Tenía treinta y cinco años; era el más joven de su nivel profesional… y continuó cultivando la humildad, la constancia, el esfuerzo, la formación. Un día, un compañero le advirtió de que si no tenía padrino, ya no llegaría a más, que “el techo de los miserables se asienta en este nivel profesional, Pedro, así que o buscas recomendaciones o te asquearás hasta la jubilación en ese cuchitril de mierda”. Sólo escuchó. Decidió esperar.

Quizá tenía razón aquel deslenguado, porque habían pasado doce años y seguía en aquel despacho lleno de planos descoloridos, armarios oxidados y sillas parcheadas.

Era agosto. Sonó el teléfono. Habló un mando de Personal: “¿Estás dispuesto a viajar a Buenos Aires la semana que viene?”. “Sí”. Cuando regresó para Navidades, había sido nombrado gerente técnico en aquella empresa por la que nadie daba un duro. En ocho años, Pedro contribuyó a un crecimiento espectacular. Cursó un Máster en Dirección de Empresas, aprendió inglés hasta un nivel casi nativo, batalló por implantar sus criterios de gestión, trabajó sus competencias gerenciales y terminó su andadura porteña como directivo de primer nivel. También supo cómo encontrar aquel padrino que su compañero le hacía tan necesario: un buen currículo de objetivos cumplidos con creación de valor de futuro. Lo repatriaron manteniéndole el nivel adquirido.

Mañana se jubila como Director General.

La absorción de Alicia


En este post os contaré la historia de una mujer, basada en un hecho real, que ante un proceso de cambio organizativo tuvo que asumir nuevas condiciones de trabajo para mantener su puesto, pero que pese a las exigencias de este cambio fue capaz de adaptarse a un nuevo entorno laboral y a un estilo diferente de gestión.


Alicia trabaja en una empresa como administrativa comercial. Después de un par de años con rumores intermitentes y poca comunicación oficial, a mitad del año pasado el Director General les informó de que se fusionaban con la empresa “Talytal” para garantizar la solvencia y el futuro de ambas organizaciones. Las condiciones de la fusión no supondrían ninguna merma en los derechos de los trabajadores y no se aplicaría ningún expediente de regulación de empleo. La fusión sería efectiva a partir del 1º de enero de 2010 y hasta entonces se comenzarían a unificar sistemas de gestión.

Desde junio a diciembre no tuvieron más información oficial, a pesar de que, por vía Comité de Empresa o vía conductos extraoficiales, se quiso extraer algún dato que redujera la incertidumbre. Según estimó un jefe adicto al trabajo, la productividad había bajado más del 25 % debido al nerviosismo y a la contraproducente preocupación por los acontecimientos que no se habían producido. Lo del 25 % era un cálculo fiable.

Alicia es madre divorciada, con dos hijos de 8 y 10 años que están bajo su guarda y custodia, por lo tanto le viene muy bien el horario continuado de mañana. Está identificada con la empresa, todos sus familiares y amigos son sus clientes debido a su propia influencia, aunque se queja del mal jefe que le ha tocado en suerte, bastante gritón, a veces histérico y muy mal organizado. De cualquier manera, ya ha aprendido a saber escucharle exclusivamente lo referido al trabajo y se aísla de esos malos modos presuponiendo que la consideran una buena trabajadora por ciertos detalles (le llama el propio Sr. Rodrigo, el Director General para resolver algunas cuestiones técnicas).

A 31 de diciembre, sin que nadie supiera bien por qué, cinco compañeros suyos recibieron la carta de despido. Les adujeron razones organizativas; eran informáticos y sus puestos estaban duplicados con los de la empresa compradora. “¿Compradora?”. “Por supuesto. Talytal ha comprado a Seguretti, ¿no se lo habían dicho?”. “Esto era una fusión, creíamos”. “Exactamente, fusión por absorción… y nosotros absorbemos”.

El Comité pidió explicaciones y nadie les dio audiencia. Viajaron a la ciudad origen de la nueva empresa matriz y los llevaron directamente a un sótano, un jefecete de mediopelo les explicó tres cosas y los mandaron de vuelta. Suerte que les pagaron el viaje. El Sr. Rodrigo se escondía por los rincones mientras se supo que lo nombraban Director Territorial con una subida del sueldo que rondaba el 33%.

Los nuevos jefes consolidados comenzaron a llamar uno a uno a los empleados de la empresa de Alicia y, con diferentes discursos y estilos, les proponían cambios en sus condiciones de trabajo para ajustarlos a los de la empresa compradora. Alicia empezó a sufrir porque le proponían cambiar a jornada partida, lo que le rompía la organización familiar, además de cambiarle conceptos salariales fijos por otros variables, ya que iban a pasarle a ser comercial telefónica, y tendría objetivos en función de la retención de clientes. Siguiendo las instrucciones del Comité de Empresa se negó a cualquier cambio y a sufrir de un estrés a cada día más inaguantable. Llegó a tener mareos y ahogos. La mitad de los integrantes del Comité de empresa, individualmente, aceptó los cambios que les proponían, pero siguieron pidiendo que nadie los asumiera.

Alicia puede arreglarse contratando a una asistenta para que le cuide por dos horas a los niños las tardes de los lunes a los jueves (200 € al mes). Se integró en el otro departamento bajo la furia de su anterior jefe (ya está despedido), que proclamaba a los cuatro vientos cómo le estaban desmantelando la función más importante del negocio.

Alicia lleva quince días con su nuevo jefe. Malvive con el horario y apura gastos por los menores ingresos, pero, al menos, le ha bajado el estrés. Y cuenta, con una leve sonrisa, que su nuevo jefe, un chico joven de la empresa compradora le ha dicho tres veces lo que nunca escuchó en veinte años: “Pero qué bien haces las cosas, Alicia”.

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