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¿A que le tiene usted miedo?


Cuando era niño dejé de tenerle miedo a los ataques de los marcianos cuando descubrí que había un lugar en el universo donde vivían todos los personajes de los dibujos animados y que ellos impedirían que me hicieran daño; Dejé de tener la sensación de miedo a verme sólo en un país desconocido cuando me di cuenta que hablar inglés era igual que hablar español sólo que pronunciando diferente; Perdí el miedo a que dijeran que era malo cuando los reyes magos me traían pistolas, dardos y flechas. Ahora que ya no soy un niño, he aprendido que la vida se compone de ciclos y que aunque mis miedos son diferentes a los que tenía entonces siguen estando presentes en mi vida y que si algún día llego a ser un anciano tendré miedos tal vez distintos a los que ahora tengo. Para comprobarlo sólo tenemos que dejar pasar el tiempo, y el tiempo es un sabio tramposo que nos enseña lento cuando somos niños pero muy rápido cuando somos adultos.

Aceptar los miedos es aceptar algo que no nos gusta, pero a lo que tenemos que hacer frente, si queremos desarrollarnos personal y profesionalmente. Sucede algo así como cuando jugábamos al escondite: Era divertido escondernos, pero lo realmente emocionante y lo que realmente esperábamos era que nos encontraran. ¿Qué pasaría si en lugar de ser encontrados, nos quedáramos escondidos, agazapados, perdidos y olvidados para siempre?

Existe una historia muy curiosa sobre los elefantes que hay en los circos. Se trata de esos elefantes que llevan una soga al cuello atada a una estaca minúscula clavada en el suelo. No cuesta mucho imaginar que esos elefantes tienen la fuerza suficiente para liberarse de esa estaca y escapar. Pero ¿por qué no lo hacen?… La respuesta parece ser que desde muy pequeños se les inmoviliza de ese modo y al ir creciendo, no son conscientes de que llegado un momento son capaces de liberarse a pesar de no haber podido hacerlo cuando eran pequeños. Llega un momento en el que después de intentarlo infructuosamente dejan de cuestionárselo y asumen como verdad inmutable que no pueden liberarse de tal forma que ni siquiera hace falta clavar la estaca siendo suficiente para que el elefante no escape echarle la soga al cuello y dejar el palo posado sobre la tierra.

En el mundo de la empresa sucede algo similar en muchas ocasiones. Pasamos nuestra vida pensando que no podemos hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo lo intentamos y no lo conseguimos. Estamos atados a una estaca, a un marco conceptual, a una forma de ver las cosas, que no podemos ni siquiera plantearnos que existen maneras de hacer las cosas de un modo distinto y mejor ya que superando inercias y miedos, el ser humano puede llegar a elegir ser autor consciente y apasionado de su propia vida. Por el contrario el temor a lo incierto y al fracaso o el temor a perder algo que tenemos y que nos gusta nos condena al continuismo y al estancamiento.

A la mente temerosa le cuesta mucho innovar, cambiar, diferenciarse, explorar, avanzar, etc., por esto el temor, que es algo natural del ser humano, puede llegar a ser en ocasiones nuestro peor aliado.

Las empresas no tienen miedo; las personas, sí. Miedo a implicarse, a asumir responsabilidades, a dejar de valer, a hacerse valer, a delegar, a la presión de los objetivos, a perder el trabajo, a los cambios, a lo desconocido, etc… Lo peor de tener miedos es que afecta a todos, desde el más modesto empleado al ejecutivo más experimentado. Para liberarnos de la gran cadena que llevamos al cuello debemos en primer lugar identificar los miedos que cada uno sentimos o inspiramos en la empresa intentando asimismo desarrollar todo nuestro potencial a menudo encorsetado por nuestras propias inseguridades y una vez identificados enfrentarnos a ellos. Al contrario cuando adoptamos una actitud resignada es un indicador de que estamos dando prioridad a los valores y actos de otras personas comportándonos como si fuéramos pequeñas e insignificantes hormigas.

Desde la infancia nos hemos habituado a reprimirnos, fundamentalmente para evitar el rechazo del entorno. Aprendemos que hay que controlar nuestras emociones, estrangular nuestra espontaneidad, con el fin de estar “integrados”, no diferenciarnos, para ser apreciados por los demás. Pensamos: “A ver si van a creer que te las das de listo”, “Es mejor no hacer ruido”, “Desde un segundo plano las cosas se ven mejor”. Y así, agazapados, vamos desperdiciando nuestra creatividad, nuestros valores y talentos, que, a fuerza de esconderlos, creemos no tener. Vivimos con miedo a mostrarnos tal cual somos. Y estamos muy equivocados, porque cuando superamos el miedo a diferenciarnos abrimos las puertas de nuestro crecimiento personal. Es cierto que en esta vida hay que ser humilde, pero nunca debemos confundir humildad con miedo.

Reconozco que no es fácil dar el primer paso como tampoco es fácil tomar otras decisiones en la vida y sin embargo lo hacemos. Nada se gana con lamentarnos, quejarnos, nada ganamos con decir que no somos capaces, que no podemos, nada ganamos con ser victimas, nada absolutamente ganamos con ese tipo de pensamiento derrotista. El miedo desaparece cuando nos sentimos libres para proponer algo sobre lo que creemos firmemente y no hay modo posible de que nos afecte negativamente cualquier impedimento que surja, el miedo desaparece cuando aprendemos a defendernos.

Para finalizar, como reflexión me gustaría dejar una pregunta y un consejo que un día alguien me dio. La pregunta: ¿Qué haría usted hoy si no tuviera miedo? y el consejo: “Nunca venda su alma”. Hay muchas oportunidades para vender el alma y convertirnos en alguien de quien no nos sentiríamos orgullosos.

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  1. Luna
    23 abril 2010 en 12:38

    El miedo es inseguridad y que forma parte del camino de la vida; va unido siempre al concepto de perdida.Nunca tenemos miedo cuando sabemos que vamos a ganar.
    Me encanta el consejo: si nadie vendiera su alma, el mundo sería un lugar precioso.

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